Otro Cuento de Navidad


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Eran las seis y media de la tarde del día de Nochebuena. Apagando el ordenador miré desde una de las ventanas de mi amplio despacho. La calle estaba iluminada por una gran cantidad de bombillas multicolores y ocho pisos por debajo de mí podía distinguir una multitud de personas con bolsas de regalo. Se me había hecho tarde... una vez más.

Mi trabajo me exigía muchas horas de dedicación, pero en el fondo no me importaba; los beneficios económicos lo merecían con creces. Me puse el abrigo y salí a la calle deseando felices fiestas a la única persona que quedaba en el edificio, el guarda de seguridad, y que estaba esperando que yo me fuera para cerrar. Tenía que comprar los regalos navideños e ir a casa. Si el tráfico no estaba muy mal podría llegar sobre las nueve. La tarde estaba bastante fresca y caía algo de aguanieve. Pensé que la mejor opción era dejar el coche en el aparcamiento e ir a comprar los regalos a unos grandes almacenes cercanos. No me llevaría mucho tiempo. Tenía que comprar algo para mi mujer y para mis dos hijas de cinco y seis años. No sabía qué, pero era lo mismo. Compraría algo lo suficientemente caro como para que si a mi mujer no le gustaba no tuviera problemas en cambiarlo por lo que quisiera.

Tal y como había imaginado, en poco más de una hora había comprado todo y me encaminaba de vuelta al parking de la empresa a recoger el coche. Decidí atajar por un callejón sin saber la sorpresa que me esperaba. De entre un par de contenedores de basura salieron a mi paso dos individuos. Uno me agarró por detrás del cuello y el otro me amenazaba por delante con una navaja. Me robaron todos los regalos que acababa de comprar y la cartera, me quitaron el abrigo, la chaqueta del traje y los zapatos. Después me dieron un golpe en la cabeza que me dejó medio aturdido y que me provocó una pequeña brecha. Me empujaron contra los contenedores de basura y caí de bruces a un charco.

Cuando me recuperé y pude levantarme mi aspecto era lamentable. Descalzo, medio desnudo, empapado y sangrando por la cabeza. Como físicamente no me encontraba mal del todo y como en la chaqueta iban las llaves del coche, decidí ir a coger el metro. Por suerte había una entrada muy cerca de allí. Imaginé que no me sería muy difícil reunir el dinero que me costaba un billete.

Según me acercaba a la entrada me percaté de que la gente se apartaba a mi paso y que los padres alejaban a los niños de mí. Comencé a bajar las escaleras del metro, resbalé y caí rodando hasta el vestíbulo de entrada. Noté un fuerte golpe en la cabeza, un profundo mareo y vi como se nublaba todo a mi alrededor mientras notaba que perdía el conocimiento. Cuando lo recobré conseguí levantarme como pude y vi junto a mí a un señor alto y con buen porte, vestido muy elegante con traje negro.
     -Vaya golpetazo que me he dado, - le dije.
     -Y tanto, - me contestó mientras con sus ojos me hacía un gesto para que mirase hacia abajo.

Cuando bajé la mirada pude verme tumbado boca abajo con un aspecto lamentable mientras la gente que pasaba por la estación me esquivaba para no pisarme.
-¡Pero si ese soy yo...!, - acerté a balbucear.
-Pues sí, ese eres tú, - contestó sin inmutarse el señor elegante. –Y ahí continuarás un buen rato hasta que un andrajoso pordiosero (de esos que tú siempre has repudiado, por cierto) te intente ayudar y compruebe que estás muerto.
-¿Qué... qué quieres decir?
-Pues eso, hombre. Que el golpe que te has dado al caer te ha matado.
-¡Pero si no es posible... si yo estoy aquí, si estoy vivo, si...!, - le contesté muy nervioso. -¿Y tú quien eres? ¿Qué está pasando?
-Quién soy yo poco importa... Lo importante ahora es qué has hecho tú.
-No comprendo... ¿De qué me hablas?,- le dije, mientras todo lo que me rodeaba, excepto este enigmático señor, comenzaba a girar a gran velocidad. Cuando todo se detuvo me encontré junto a él delante de una puerta. No distinguía nada más. Era como si nos encontráramos flotando.
- Vamos a dar un pequeño paseo, - dijo con tono sereno el señor elegante de traje negro. – Abre la puerta.

Yo obedecí. En aquel momento de confusión habría obedecido órdenes de cualquiera. Entramos. Delante de mí pude ver a mi mujer en la cama de un hospital. Tenía en sus brazos a un recién nacido.
-¿Reconoces la escena?, - me preguntó el misterioso hombre.
-Pues claro. Es mi mujer con mi primera hija recién nacida. Tengo una foto en casa exactamente igual que esta escena.
-¿Y recuerdas quién hizo la foto?
-No sé, supongo que su madre, o una enfermera... no lo sé.

La escena desapareció de repente y apareció frente a nosotros otra puerta. “Ábrela”, me dijo. Entramos en la estancia. Allí estaba yo sentado en la habitación de un hotel delante de mi ordenador portátil y hablando por teléfono.
-¿Sabes con quién hablas?, -me preguntó con su ya habitual tono sereno? – Ya te lo digo yo. Estás hablando con tu mujer. Te está contando que tu hija ha nacido y tú estás en un hotel en Londres, cerrando uno de tus negocios. ¿Te acuerdas? Claro que te acuerdas. Fue uno de tus mejores negocios... Viste por primera vez a tu hija cuando ya tenía ocho días.
-No sé si me estás acusando de algo, pero te advierto que mi mujer siempre entendió ese viaje.
-Abre esa puerta, -me dijo con tono imperativo. La anterior escena había desaparecido y ante mí encontré a mi mujer sola y llorando en la misma cama del hospital en que la había visto antes. – Eso es lo que te dijo, que lo entendía. Ella entendía el viaje, lo que no entendía y sigue sin entender, es cómo tú pudiste ir a ese viaje.
-Abre esta otra puerta.

La abrí sin rechistar.
-Es la representación teatral que hacen mis niñas en el colegio todas las navidades...
-...y que nunca has llegado a ver, - completó mi frase. – Ésta en concreto es la del año pasado. Ese año les habías prometido que irías sin falta... que no te lo perderías por nada del mundo... que era lo más importante para ti... que...
-Está bien, ya sé lo que dije, ya lo sé, - le corté enfadado.

Me abrió otra puerta que apareció frente a nosotros y me invitó a pasar.
-Esto es lo que pasaba a la hora de la representación, - me dijo con tono cansino.

Delante de mí podía verme brindando con champán francés con mi equipo de trabajo por la importante fusión que acabábamos de firmar.

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-Abre esa otra puerta, -me indicó.
-Me da miedo, -reconocí.
-No seas cobarde... total nada de lo que allí aparezca puede ya influirte. Recuerda que estás muerto.

Cuando la abrí pude ver a mis hijas con su madre. Acababa de terminar la función y ellas preguntaban por mí.
-Tu mujer les está mintiendo. Les está diciendo que has visto la obra de teatro y que has tenido que irte, que esta noche te verán en casa. Y así fue. Esa noche las viste en casa... cuando ya estaban durmiendo en la cama. Abre esa otra puerta.
-¡No!, - grité. –¡Ya no puedo más! Yo pensaba que mi familia era feliz, que tenían todo lo que necesitaban, que no podían pedir más.
-Hasta cierto punto llevas razón. Tienen todo lo que se puede comprar con dinero. Pero no te tienen a ti. A ti no te pueden comprar con dinero porque el dinero te ha comprado a ti. No has logrado entender que para ser feliz no es tan importante el tener como el saber disfrutar de lo que se tiene. ¿Te das cuenta? Bueno, aunque ya da lo mismo si te das cuenta o no.

En aquel momento apareció ante nosotros la imagen de la entrada del metro conmigo tumbado a nuestros pies. Junto a mí pude ver arrodillado a un vagabundo que intentaba ayudarme. Al ver la sangre de mi cabeza se asustó y corrió a avisar a un guardia de seguridad. Cuando volvió con él noté un fuerte mareo y una extraña sensación de vacío. Abrí los ojos y junto a mí pude ver al vagabundo, al guardia y a varios curiosos que se habían arremolinado junto a mí.
-¿Te encuentras bien, colega?, - oí que me decía al oído el vagabundo.
     -Sí, sí..., -acerté a decir mientras me incorporaba ayudado por este.

     Cuando me levanté vi junto a mí al señor elegante de traje negro que me miraba atentamente sin decir nada.
     -Me han robado y no tengo ni para coger el metro para ir a casa, - dije entre avergonzado por mi aspecto y asustado por lo que creía que me había pasado.

     El guarda y el vagabundo me acompañaron hasta el torno de entrada y el guarda nos dejó pasar. Mientras, el señor de negro nos seguía atentamente con la mirada. Cuando atravesamos el torno me topé de frente con el señor elegante de negro. ¿Por dónde había pasado?
     -No es habitual pero te han concedido otra oportunidad,   -me dijo con aire circunspecto. -Supongo que se habrán dado cuenta de que tu mujer y tus hijas no tienen la culpa de que seas un auténtico capullo. ¿Sabrás aprovecharla?

     Sin tiempo para contestarle desapareció.
     -¿Lo has visto?, - le pregunté alterado al vagabundo que me acompañaba. - ¿Tú lo has visto?

     El pobre hombre puso cara de circunstancias y me tranquilizó. “Tranquilo, que yo te acompaño, que no estás sólo.”

     Aquella nochebuena cambió mi vida. Ese vagabundo cenó con nosotros y también durmió. Le di un puesto de trabajo en la empresa y es el padrino de mi tercer hijo. Hijo que he visto nacer y del que no me pierdo ni un momento... ni de él, ni de mis otras dos hijas, ni de mi mujer. No sé lo que realmente pasó en esa entrada de metro. No sé si fue una alucinación o el señor elegante de traje negro fue real. No sé si alguien poderoso me dio una segunda oportunidad o sólo fue una mala jugada de mi cerebro. Sólo sé que la vida es corta, muy corta y que mi inmenso poder económico no la puede comprar. Ni la vida ni los momentos que por estúpido no me permito vivir.



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Reordenándome mi universo


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Hace poco escuche una reflexión sobre lo importante que es escuchar al silencio. Aprender de él. Lo cierto es que con los años he ido aprendiendo a saber interpretar los silencios de las personas. Dependen de cada persona. Dependen de cada momento. Dependen de cada circunstancia.

Ahora estoy intentando ir un paso que considero mucho más allá. Estoy en la dura, incierta y no siempre grata labor de aprender a interpretar mis silencios. No me refiero a los silencios que hago más o menos intencionadamente en una conversación (esos, los que me conocen algo saben que se interpretan con gran facilidad, como si de un gran libro abierto se tratara). Me refiero a los silencios de mi universo. Los silencios que desprenden las situaciones temporales. Los silencios de mi entorno vital. Los silencios que no necesariamente van acompañados de silencio. Los silencios que sirven para asentarte mentalmente. Los silencios que sirven para crecer espiritualmente.

Me refiero a esos momentos de la vida en los que te encuentras tú, cara a cara, con ella. Momentos en los que debes de aprender a aislarte para no escuchar las múltiples interferencias que se producen alrededor y poder crear tus propios silencios interiores de meditación. Silencios de paz. Silencios de cogimiento y recogimiento. De cogimiento de lo existente y de recogimiento sobre lo cogido.

Llevo vivida una temporada un tanto convulsa. Lo cierto es que mientras la he pasado ni siquiera he sido consciente de estarla pasando…simplemente se ha afrontado y, paso a paso, día a día, se ha seguido para adelante. Las múltiples interferencias no me permitían silenciarme interiormente para escuchar lo que mi universo interior quería contarme. Poco a poco he conseguido apaciguar los ruidos que multitud de universos más o menos ajenos al mío provocaban, unos de forma bienintencionada, otros de manera malintencionada y otros porque debían hacerlo, simplemente porque son de los universos que tienen que hacerse notar, que tantos hay…

Y ahora que voy aprendiendo a aislarme, me he dado cuenta de una aparente contrariedad. Lo “bueno”, los acontecimientos que ocurren en mi vida y que ojos ajenos podrían sin duda catalogar como de situaciones afortunadas, aunque no sea consciente, me estresa, me mantiene en un estado de incómoda alerta que no me permite disfrutar del instante, de lo que me ofrece la vida. Mi ego se crece, se empieza a considerar poco menos que inmortal  y hace llevar a mi subconsciente a querer más, a ansiar que todo sea como ese modo idílico y temporal que vivo. Y mi subconsciente me sumerge en un estado de ansiedad permanente, de búsqueda incansable de la imaginaria felicidad infinita que me desquicia, me estresa, me hace volverme egoísta intentando, sea como sea, conseguir más éxtasis mental, pasando por encima de quien sea, sacando mi parte más animal, difuminándose así  por tanto en muchas ocasiones mi parte humana, racional, cabal.

En cambio cuando lo que ocurren son situaciones que a priori no son deseables, llamémoslas “malas”, una vez afrontadas y asumidas consiguen transportarme a una increíble paz interior. Esos momentos de miedos vitales hacen que sea consciente de lo realmente insignificante que soy. Un ser, como todos los humanos, tan vulnerable que una simple caída, un despiste  o un microscópico virus, pueden acabar con su existencia. Y esa asunción de mi propia fragilidad me otorga la fuerza y la alegría para seguir, para exprimir al máximo cada instante; porque la vida son instantes y nadie tenemos firmado cuál va a ser el último. Mi subconsciente relativiza de forma mágica y pone a cada cosa en su sitio. Ordena y prioriza lo importante y me llena de felicidad mientras me permite disfrutar como si no hubiera un mañana (que quizá no lo haya) de lo que tengo, de lo que soy…y lo que es más importante, con los que tengo y que me hacen ser.

Poco a poco, día a día, estoy aprendiendo a ser libre, a romper las ataduras terrenales que no me permiten disfrutar del regalo de la vida y la libertad. No es fácil y constantemente desando lo caminado para volver a sucumbir en mis mortales miedos de inseguridad. Pero poco a poco lo voy consiguiendo. Poco a poco veo cómo rascar de todas las situaciones para ver su lado positivo y aprender; aprender además sin echar la culpa de lo que ocurre a nadie, desde el prisma de la autorresponsabilidad. Ese me parece uno de los puntos más importantes para conseguir ese equilibrio de crecimiento interior hacia el disfrute pleno. Asumir los hechos en primera persona y ver cómo podría haberse obrado para que el final fuera el deseado. Eso sí, sin traumas, sin resentimientos ni propios ni ajenos, sin odios, siempre desde el punto de partida del análisis objetivo y con el punto de llegada de crecimiento, estabilidad y plenitud interna.

“Juan Salvador Gaviota voló mucho más allá de los lejanos acantilados. Su único pesar no era la soledad, sino que las otras gaviotas se negasen a creer en la gloria que les esperaba al volar, que se negasen a abrir los ojos y a ver”.

El tiempo y sus pérdidas...

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Necesito escribir…y no tengo claro sobre qué. Pero necesito escribir.

La sensación me ha sorprendido esta mañana esperando en la consulta del dentista. Tenía cita a las diez de la mañana. Era el primero. No había nadie más citado a esa hora. A las diez menos dos minutos entraba por la puerta de la consulta... para sentarme en la sala de espera. He visto entrar de la calle a la dentista (o la dentisto o la dentiste…o cómo se diga; lo último que pretendo es ofender a algún colectivo) a las diez y siete minutos. Mal empezamos. Tras hojear tres apasionantes, a cuál más, revistas, a las diez y veinticinco me hacían una radiografía y a las diez y media la dentista (o la dentisto o la dentiste…o como se diga) estaba ya conmigo. Mientras hurgaba en las entrañas de mi boca diciendo una y otra vez lo mal que estaba aquello he estado reflexionando sobre la media hora de mi vida que me habían hecho perder aquella mañana.

Si hay algo que todos los seres humanos poseemos en propiedad y que nos iguala a todos, ricos y pobres, altos y bajos, jóvenes y viejos, es el tiempo. Mi tiempo es mío y solo yo debo decidir en qué invertirlo (nótese que no he dicho gastarlo). Además no sé cuánto tengo. Solo sé del que ya he dispuesto, pero no sé cuánto tengo más, cuánto me queda. Es mi bien más preciado. Sin tiempo no puedo considerar tener otras cosas también muy importantes como puede ser el gozar de una buena salud, el amor de los míos o el sentirme a gusto conmigo mismo. Entonces, ¿con qué derecho esta mañana me han robado media hora de mi tan preciado bien, aunque éste solo haya sido uno de tantos ejemplos? ¿Por qué constantemente se empeñan en robarme mi tiempo y hacérmelo gastar (nótese que ahora no he dicho invertir) en menesteres que no quiero realizar?

Cada uno es libre de hacer con su vida (y por ende, con su tiempo) lo que le plazca…siempre y cuando no influya en la vida de los demás; o no influya al menos de un modo deliberadamente negativo. Si yo quiero invertir mi tiempo en dar un paseo sin hacer nada más que observar a la gente, escuchar el bucólico trinar de los pájaros o el insoportable ruido de los motores de los coches o destrozar maltarareando el soniquete de una “canción” veraniega que se me ha metido en la cabeza escuchando la radio, soy libre para hacerlo. Eso sí, si mi “perdida” de tiempo influye en otros, mi libertad se ha transformado en libertinaje. Según la RAE, libertinaje es el “desenfreno en las obras o en las palabras”. Si tú obras de una forma desenfrenada, es decir, que te entregas desordenadamente al vicio de perder tu tiempo y eso conlleva el hacérselo perder a otro, estas obrando de forma libertina. Y eso no puede permitirse.

El tiempo es un bien demasiado preciado para no usarlo de forma adecuada. Cuando eres joven parece que tienes todo el del mundo, aunque desgraciadamente no siempre es así. Cuando vas creciendo el concepto “todo el del mundo” va tomado dimensión a pasos agigantados y vas viendo que aún sin saber de cuánto dispones, sin duda ya posees mucho menos del que te gustaría tener. Vas viendo que las cosas pasan  muy deprisa y el único consuelo que te queda es poder mirar atrás y poder decir de forma satisfecha: “He vivido plenamente”. Y poder mirar adelante pensando: “Y lo que me quede lo pienso seguir viviendo plenamente”.

Por favor, no roben mi tiempo. Gracias.

La indiferencia del acomodamiento

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El otro día reflexionaba con alumnos de 13/14 años sobre la ética de la producción, con base en unos textos explicativos sobre los aditivos potencialmente cancerígenos que se usan en la agricultura y sus peligros, la industria textil que desarrolla su producción en países asiáticos en fábricas inseguras y en régimen de semi-esclavitud de sus trabajadores y los ingredientes usados en infinidad de productos que contaminan despiadadamente el medio ambiente.

Ingenuamente pensé que los textos y su puesta en común servirían para llegar a la conclusión de que algo no iba bien en los modos de producción asumidos mundialmente. Ingenuamente pensé que iban a salir nuevos líderes de opinión en contra de las desigualdades sociales. Ingenuamente pensé  que alguien decidiría mirar las etiquetas antes de comprar uno u otro producto. Ingenuamente pensé que movilizaría conciencias hacia un consumo más responsable.

Todo lo contrario. Su bienestar, el uso de sus marcas favoritas o de su comida preferida, estaba por encima de cualquier texto que pretendiera explicarles la realidad mundial. En aquel momento me quedé muy descorazonado. No era capaz de hacerles preguntas que generasen en ellos un debate que inclinara la balanza del futuro mundial hacia un régimen de mayor igualdad. ¿Pero cómo era posible? ¡Si son chavales! ¿Cómo era posible esa disposición más propia de un cuarentón acomodado que de unos jóvenes que van a liderar el mundo tanto en los entornos políticos como económicos en los años venideros?

Obviamente no lo dejé así. Estoy de acuerdo en que los extremos no son buenos y que tampoco quería llevarles a realizar unos planteamientos extremos de sus hábitos consumistas, pero no podía permitir una indiferencia y pasotismo total ante el entorno circundante. Si eso ocurriera, ¿qué futuro iban a ser capaz de construirse? ¿Qué depararían los años venideros al conjunto de la humanidad? ¿De verdad el conocimiento que se genera y transmite a la velocidad de la luz gracias a la evolución de las nuevas tecnologías no iba a servir sino para acrecentar las diferencias sociales y económicas mundiales? Como decía, no iban a doblegarme tan fácilmente.

Así que rebusqué información fiable por sangoogle y encontré unos vídeos crudos, sí, ¿por qué no decirlo?, muy crudos, sobre realidades derivadas de la falta de ética en la producción. Y se los puse al día siguiente. ¡Qué alegría! Vi cómo sus rostros cambiaban de expresión según avanzaban los vídeos (los puse de más suave a más duro). Vi la emoción en sus ojos. Vi que entendían cómo el azar del nacimiento en uno u otro país podía desencadenar una serie de acontecimientos que marcarían tu vida…y quizá de por vida. Vi cómo entendían que los productos potencialmente cancerígenos a los que no damos importancia, sí que tienen importancia. Vi lágrimas en algunos casos, empezando por mis propios ojos. ¡Sentí  la esperanza, al fin, de que quizá algunos de esos chavales en unos años podrían hacer algo por cambiar la realidad injusta del mundo!

Por si alguien tiene la tentación, aquí dejo los links a los vídeos en el mismo orden que se los puse:
(Este último especialmente impactante desde el minuto 19)

Aquel día dormí muy bien. Me fui a la cama con la tranquilidad de haber colaborado, en la medida (escasa) de mis posibilidades en construir un mundo mejor. Poco a poco, entre todos, sumando voluntades, compromisos, inquietudes…

¿Y si involucramos a los jóvenes en la vida pública?


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El concepto de Gobierno Abierto puede aplicarse a cualquier entidad, pública o privada. Desde este punto de vista los conceptos que incluyen el Gobierno Abierto pueden aplicarse a y desde un centro educativo.

La base de un Gobierno Abierto es estar atentos y colaborativos. Desde esa perspectiva deberíamos abrir vías de colaboración con las administraciones públicas de la zona (ayuntamiento o juntas de distrito) de forma que podamos llegar a conclusiones sobre las necesidades reales del área de influencia del centro. Si los alumnos están viviendo una realidad en su día a día fuera del aula y dentro del aula se les cuenta lo que para ellos pueden ser quimeras fantásticas, estaremos descontextualizando la enseñanza, pudiendo tomar ésta un cierto nivel de ciencia ficción para el alumno, que no verá reflejada ni identificada la realidad que conoce.

Otro ente con los que poder establecer nexos de unión pueden ser las distintas asociaciones vecinales del entorno, propiciándose métodos de trabajo común donde los alumnos realicen actividades en los que sientan su integración en la sociedad y donde además la sociedad pueda beneficiarse de la entrega y generosidad de los alumnos. Además, podía utilizarse la experiencia de los adultos de las asociaciones para que desarrollen talleres de interés para los alumnos.

En ambos casos, lo que se debe propiciar es la integración de la escuela en entornos sociales reales.

Por otra parte, ¿por qué no fomentar una escucha activa entre los alumnos y las administraciones públicas para la generación de ideas innovadoras a poner en práctica?  Está de sobra probado que los cerebros más creativos son los más jóvenes. Son cerebros libres de prejuicios, que no ven problemas, que no suelen tener miedo al fracaso y, sobre todo, que se atreven. Es raro ver a jóvenes interesados por las políticas locales (bueno, ni locales ni no locales). ¡Nos estamos perdiendo las aportaciones de cerebros limpios de prejuicios! ¿Por qué no acercar las problemáticas reales a los jóvenes de modo que puedan ofrecer soluciones creativamente innovadoras?

Los problemas están ahí y a la vista está que somos lentos resolviéndolos; entonces, ¿por qué seguimos haciendo lo mismo? ¿Por qué no damos la posibilidad de opinar e influir en la sociedad a los más jóvenes? Pongámoselo fácil. A esas edades las cabezas están pensando en otras cosas; eso sí, a poco que se motiven, las soluciones que pueden aportar serán increíbles.

¡Contemos con nuestros jóvenes!

Educar: el camino transparente para el Gobierno Abierto

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Desde la aprobación de la llamado Ley de Transparencia se ha desatado una carrera de pollos sin cabeza para competir en ser entidades transparentes, tanto gobiernos públicos como gobernantes de empresas privadas.

Es curioso ver como en infinidad de portales de "transparencia" no es posible entrar en ellos, o cuando entras no están actualizados o simplemente los links no llevan a ningún sitio. Menuda transparencia...

Internet en su modalidad 2.0. está obligando a que las gobernanzas sean transparentes o al menos vayan tendiendo a ello. Honestamente creo que aún queda un largo trecho por andar; larguísimo. En este momento hay mucho que tapar (y no me refiero solo en España y en todo lo que estamos pensado todos) para pensar que la transparencia aparezca de modo inmediato. Necesitamos un relevo generacional de nuevos líderes honestos que cuando lleguen a los altos cargos empiecen por realizar una auditoría. Pero una auditoría real, no de esas que se encargan a gigantescas empresas de auditoría que luego llevan a sus perfiles junior recién titulados a realizarlas. Y tras esa auditoría, saneamiento y fusilamiento laboral de los responsables. ¡Y escarnio público! Que se enteren que los ciudadanos estamos hartos de caciquismos que solo llevan a desequilibrios sociales sinsentido y desigualdades mundiales inconcebibles.

Lo dije y me reitero: comencemos por educar desde el jardín de infancia.

Os comparto un link sobre el asunto.

https://create.piktochart.com/output/28867907-transparencia



Gobierno Abierto: Una utopía a corto plazo


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No hace falta más que ver cualquier noticiario de cualquier cadena, es lo mismo su inclinación política. Cada día florece un nuevo caso de ponzoña político económica que encoleriza (por decirlo finamente) a la inmensa mayoría de los ciudadanos. Cuando no son los políticos de turno en el poder, son los políticos de turno en la oposición o, cuando no, cualquier poder económico de su alrededor.

El actual cáncer mundial de la humanidad es la codicia. Es lícito tener ambiciones económicas más allá de las propias de la superviviencia o poder pensar en ir a la playa quince días en agosto. Lo que no es lícito es la codicia económica hasta el punto de ver constantemente empresarios (parapetados en el poder político) que, amparados en falsas políticas de RSC, con maquillajes de resultados y cegados por el dividendo, no tienen ningún reparo en apisonar conciencias, sobornar inquietudes y aplacar sentimientos de culpabilidad. Y eso, un día, y otro, y otro… en esta mi querida España, esta España mía, esta España nuestra…Y en éste, mi querido mundo, este mundo mío, este mundo nuestro.

Parece que los partidos están empezando a publicar cuentas (los que quieren publicar y las que les interesa publicar). Los que de verdad cortan el bacalao, los grandes lobbies empresariales, también publican sus cuentas. Cuentas de ingeniería macroeconómica con grandes dosis de maquillaje…hasta que el colorete y el rímel se gasta y empiezan a aflorar las arrugas, las ojeras…y la ruina para los inversores. ¿Para todos? No, obviamente, solo para los humildes. Los otros, los grandes, que saben la verdad, ya tienen sus sobrehumanas posaderas bien cubiertas en paraísos fiscales o vericuetos entramados fiscoeconómicos que les hace aparecer insolventes cuando la justicia llama a su puerta.

Si de verdad queremos gobiernos abiertos, formemos nuevos líderes desde los jardines de infancia. Líderes que en unos años (Dios quiera que antes que después) tomen el relevo de tantos maleantes que pueblan los escaños y empresas a nivel mundial. Líderes que no antepongan sus intereses propios a los comunitarios. Líderes con voluntad y vocación de servicio real. Entonces y solo entonces, podremos creer en un gobierno abierto, más allá de postizos portales de transparencia y encuestas para ver si en el barrio ponemos una fuente o plantamos dos árboles. Que para las dos cosas no llega el dinero, claro.

¡¡COMENCEMOS POR EDUCAR!!