La indiferencia del acomodamiento

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El otro día reflexionaba con alumnos de 13/14 años sobre la ética de la producción, con base en unos textos explicativos sobre los aditivos potencialmente cancerígenos que se usan en la agricultura y sus peligros, la industria textil que desarrolla su producción en países asiáticos en fábricas inseguras y en régimen de semi-esclavitud de sus trabajadores y los ingredientes usados en infinidad de productos que contaminan despiadadamente el medio ambiente.

Ingenuamente pensé que los textos y su puesta en común servirían para llegar a la conclusión de que algo no iba bien en los modos de producción asumidos mundialmente. Ingenuamente pensé que iban a salir nuevos líderes de opinión en contra de las desigualdades sociales. Ingenuamente pensé  que alguien decidiría mirar las etiquetas antes de comprar uno u otro producto. Ingenuamente pensé que movilizaría conciencias hacia un consumo más responsable.

Todo lo contrario. Su bienestar, el uso de sus marcas favoritas o de su comida preferida, estaba por encima de cualquier texto que pretendiera explicarles la realidad mundial. En aquel momento me quedé muy descorazonado. No era capaz de hacerles preguntas que generasen en ellos un debate que inclinara la balanza del futuro mundial hacia un régimen de mayor igualdad. ¿Pero cómo era posible? ¡Si son chavales! ¿Cómo era posible esa disposición más propia de un cuarentón acomodado que de unos jóvenes que van a liderar el mundo tanto en los entornos políticos como económicos en los años venideros?

Obviamente no lo dejé así. Estoy de acuerdo en que los extremos no son buenos y que tampoco quería llevarles a realizar unos planteamientos extremos de sus hábitos consumistas, pero no podía permitir una indiferencia y pasotismo total ante el entorno circundante. Si eso ocurriera, ¿qué futuro iban a ser capaz de construirse? ¿Qué depararían los años venideros al conjunto de la humanidad? ¿De verdad el conocimiento que se genera y transmite a la velocidad de la luz gracias a la evolución de las nuevas tecnologías no iba a servir sino para acrecentar las diferencias sociales y económicas mundiales? Como decía, no iban a doblegarme tan fácilmente.

Así que rebusqué información fiable por sangoogle y encontré unos vídeos crudos, sí, ¿por qué no decirlo?, muy crudos, sobre realidades derivadas de la falta de ética en la producción. Y se los puse al día siguiente. ¡Qué alegría! Vi cómo sus rostros cambiaban de expresión según avanzaban los vídeos (los puse de más suave a más duro). Vi la emoción en sus ojos. Vi que entendían cómo el azar del nacimiento en uno u otro país podía desencadenar una serie de acontecimientos que marcarían tu vida…y quizá de por vida. Vi cómo entendían que los productos potencialmente cancerígenos a los que no damos importancia, sí que tienen importancia. Vi lágrimas en algunos casos, empezando por mis propios ojos. ¡Sentí  la esperanza, al fin, de que quizá algunos de esos chavales en unos años podrían hacer algo por cambiar la realidad injusta del mundo!

Por si alguien tiene la tentación, aquí dejo los links a los vídeos en el mismo orden que se los puse:
(Este último especialmente impactante desde el minuto 19)

Aquel día dormí muy bien. Me fui a la cama con la tranquilidad de haber colaborado, en la medida (escasa) de mis posibilidades en construir un mundo mejor. Poco a poco, entre todos, sumando voluntades, compromisos, inquietudes…

¿Y si involucramos a los jóvenes en la vida pública?


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El concepto de Gobierno Abierto puede aplicarse a cualquier entidad, pública o privada. Desde este punto de vista los conceptos que incluyen el Gobierno Abierto pueden aplicarse a y desde un centro educativo.

La base de un Gobierno Abierto es estar atentos y colaborativos. Desde esa perspectiva deberíamos abrir vías de colaboración con las administraciones públicas de la zona (ayuntamiento o juntas de distrito) de forma que podamos llegar a conclusiones sobre las necesidades reales del área de influencia del centro. Si los alumnos están viviendo una realidad en su día a día fuera del aula y dentro del aula se les cuenta lo que para ellos pueden ser quimeras fantásticas, estaremos descontextualizando la enseñanza, pudiendo tomar ésta un cierto nivel de ciencia ficción para el alumno, que no verá reflejada ni identificada la realidad que conoce.

Otro ente con los que poder establecer nexos de unión pueden ser las distintas asociaciones vecinales del entorno, propiciándose métodos de trabajo común donde los alumnos realicen actividades en los que sientan su integración en la sociedad y donde además la sociedad pueda beneficiarse de la entrega y generosidad de los alumnos. Además, podía utilizarse la experiencia de los adultos de las asociaciones para que desarrollen talleres de interés para los alumnos.

En ambos casos, lo que se debe propiciar es la integración de la escuela en entornos sociales reales.

Por otra parte, ¿por qué no fomentar una escucha activa entre los alumnos y las administraciones públicas para la generación de ideas innovadoras a poner en práctica?  Está de sobra probado que los cerebros más creativos son los más jóvenes. Son cerebros libres de prejuicios, que no ven problemas, que no suelen tener miedo al fracaso y, sobre todo, que se atreven. Es raro ver a jóvenes interesados por las políticas locales (bueno, ni locales ni no locales). ¡Nos estamos perdiendo las aportaciones de cerebros limpios de prejuicios! ¿Por qué no acercar las problemáticas reales a los jóvenes de modo que puedan ofrecer soluciones creativamente innovadoras?

Los problemas están ahí y a la vista está que somos lentos resolviéndolos; entonces, ¿por qué seguimos haciendo lo mismo? ¿Por qué no damos la posibilidad de opinar e influir en la sociedad a los más jóvenes? Pongámoselo fácil. A esas edades las cabezas están pensando en otras cosas; eso sí, a poco que se motiven, las soluciones que pueden aportar serán increíbles.

¡Contemos con nuestros jóvenes!

Educar: el camino transparente para el Gobierno Abierto

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Desde la aprobación de la llamado Ley de Transparencia se ha desatado una carrera de pollos sin cabeza para competir en ser entidades transparentes, tanto gobiernos públicos como gobernantes de empresas privadas.

Es curioso ver como en infinidad de portales de "transparencia" no es posible entrar en ellos, o cuando entras no están actualizados o simplemente los links no llevan a ningún sitio. Menuda transparencia...

Internet en su modalidad 2.0. está obligando a que las gobernanzas sean transparentes o al menos vayan tendiendo a ello. Honestamente creo que aún queda un largo trecho por andar; larguísimo. En este momento hay mucho que tapar (y no me refiero solo en España y en todo lo que estamos pensado todos) para pensar que la transparencia aparezca de modo inmediato. Necesitamos un relevo generacional de nuevos líderes honestos que cuando lleguen a los altos cargos empiecen por realizar una auditoría. Pero una auditoría real, no de esas que se encargan a gigantescas empresas de auditoría que luego llevan a sus perfiles junior recién titulados a realizarlas. Y tras esa auditoría, saneamiento y fusilamiento laboral de los responsables. ¡Y escarnio público! Que se enteren que los ciudadanos estamos hartos de caciquismos que solo llevan a desequilibrios sociales sinsentido y desigualdades mundiales inconcebibles.

Lo dije y me reitero: comencemos por educar desde el jardín de infancia.

Os comparto un link sobre el asunto.

https://create.piktochart.com/output/28867907-transparencia



Gobierno Abierto: Una utopía a corto plazo


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No hace falta más que ver cualquier noticiario de cualquier cadena, es lo mismo su inclinación política. Cada día florece un nuevo caso de ponzoña político económica que encoleriza (por decirlo finamente) a la inmensa mayoría de los ciudadanos. Cuando no son los políticos de turno en el poder, son los políticos de turno en la oposición o, cuando no, cualquier poder económico de su alrededor.

El actual cáncer mundial de la humanidad es la codicia. Es lícito tener ambiciones económicas más allá de las propias de la superviviencia o poder pensar en ir a la playa quince días en agosto. Lo que no es lícito es la codicia económica hasta el punto de ver constantemente empresarios (parapetados en el poder político) que, amparados en falsas políticas de RSC, con maquillajes de resultados y cegados por el dividendo, no tienen ningún reparo en apisonar conciencias, sobornar inquietudes y aplacar sentimientos de culpabilidad. Y eso, un día, y otro, y otro… en esta mi querida España, esta España mía, esta España nuestra…Y en éste, mi querido mundo, este mundo mío, este mundo nuestro.

Parece que los partidos están empezando a publicar cuentas (los que quieren publicar y las que les interesa publicar). Los que de verdad cortan el bacalao, los grandes lobbies empresariales, también publican sus cuentas. Cuentas de ingeniería macroeconómica con grandes dosis de maquillaje…hasta que el colorete y el rímel se gasta y empiezan a aflorar las arrugas, las ojeras…y la ruina para los inversores. ¿Para todos? No, obviamente, solo para los humildes. Los otros, los grandes, que saben la verdad, ya tienen sus sobrehumanas posaderas bien cubiertas en paraísos fiscales o vericuetos entramados fiscoeconómicos que les hace aparecer insolventes cuando la justicia llama a su puerta.

Si de verdad queremos gobiernos abiertos, formemos nuevos líderes desde los jardines de infancia. Líderes que en unos años (Dios quiera que antes que después) tomen el relevo de tantos maleantes que pueblan los escaños y empresas a nivel mundial. Líderes que no antepongan sus intereses propios a los comunitarios. Líderes con voluntad y vocación de servicio real. Entonces y solo entonces, podremos creer en un gobierno abierto, más allá de postizos portales de transparencia y encuestas para ver si en el barrio ponemos una fuente o plantamos dos árboles. Que para las dos cosas no llega el dinero, claro.

¡¡COMENCEMOS POR EDUCAR!!

Mi definición de Gobierno Abierto



Gobierno Abierto es el gobierno que se logrará cuando salgan del poder político y económico a nivel mundial el 80% de los actuales mandatarios y tome el relevo una generación formada en y para unos verdaderos compromisos democráticos, sociales y humanos.

La ceguera de la certidumbre


“Paradigma: Teoría cuyo núcleo central se acepta sin cuestionar”

Hace mucho, mucho tiempo, en el año 1888, en un país por entonces lejano, muy lejano (ahora a pocas horas de avión), los EE.UU., a un loco visionario se le ocurrió cambiar las placas de cristal empleadas hasta el momento para la realización de fotografías por carretes de papel. Aquel hombre, de nombre George Eastman, rompió el paradigma establecido de ser la placa de cristal el único modo para poder inmortalizar el momento. Poco tiempo después, en otro alarde innovador (aunque seguramente la palabra innovación no estuviera ni inventada ni cerca de inventarse), lanzó el carrete de celuloide que terminó por emplear una protección que le permitía su extracción y colocación bajo la luz solar. Por cierto, George Eastman, fue el creador de Kodak. Como no queda demasiada información de lo ocurrido a partir de ese instante tan lejano, a mí se me ocurren varias preguntas. ¿Qué fue a partir de entonces de los habituales fotógrafos que tantas veces hemos visto en las películas del oeste cargando con su trípode? ¿Quién y cómo se encargó de incorporar al “resto de los mortales” a la moda de hacer fotografías? ¿Cuánto tardó en reaccionar la competencia, si es que reaccionó? ¿Cómo protegió George Eastman sus innovaciones; las patentó, si es que existían las patentes?

Muchos, muchos años después, el 19 de febrero de 2012, Kodak presentó su solicitud de protección de bancarrota ante los tribunales del Estado de Nueva York, a la vez que obtenía una línea de crédito de Citigroup por 950 millones de dólares por 18 meses para seguir funcionando. ¿Pero cómo es posible que el número uno mundial, la empresa que revolucionó el mundo de la fotografía, acabe en una situación de protección de bancarrota? La respuesta es sencilla. No supo ver el cambio de paradigma. Las películas tanto fotográficas como cinematográficas pasaron a la historia en muy poco tiempo desde la implantación del nuevo paradigma: la era digital. Seguro que algún alto directivo de Kodak pensó algo así como, “el hacer veinte fotos de la misma escena para luego elegir la mejor, nunca podrá reemplazar la experiencia de buscar la foto perfecta a la primera”. ¡Gran error! De todos modos no todos los pensamientos dentro de Kodak fueron en la línea del anterior, seguro, ya que Kodak vio venir el cambio de paradigma aunque no supiera reaccionar a tiempo. ¿Cómo no verlo venir si fueron ellos los que inventaron la cámara digital? De hecho, el crédito otorgado por Citigroup le daba el margen necesario para encontrar comprador a las 1.100 patentes digitales que poseía, clave del valor que le quedaba, y poder seguir pagando a sus trabajadores mientras rediseñaba su negocio. ¡Kodak estuvo a punto de morir cegada por su propia certidumbre!

La actual y rápida evolución del mundo que nos está tocando vivir nos obliga a estar en un proceso personal de reinvención. No podemos hacer como Kodak que vivió durante más de 100 años de los réditos del cambio de paradigma que realizó su fundador. Debemos estar en un continuo planteamiento y replanteamiento de cualquier paradigma que creamos establecido. Si no, otro lo hará por nosotros y nos pasará por encima. Debemos estar y enseñar a estar atentos, generando un entorno de mentalidades abiertas que piensen siempre en ir un poco más allá de lo obvio, rompiendo constantemente paradigmas para crear otros (temporalmente) nuevos.

Un Cuento de Navidad



Cuando al fin don Horacio les deseo a todos felices fiestas, Tinín tenía todos sus libros recogidos en su cartera a falta tan sólo de meter el bolígrafo y el cuaderno en el que había estado apuntando los deberes que su maestro les había puesto para esas vacaciones de Navidad. Los grandes ojos castaños de Tinín se expresaban por sí solos. Las deseadas fiestas navideñas por fin habían llegado. Además aquella noche pasada, la del jueves 20 de diciembre, la madre naturaleza quiso hacerle uno de los regalos que más podía agradecer. Le regaló una estupenda nevada que cubría toda la gran ciudad en la que vivía. Tinín salió entre empujones, prisas y apretones entre sus demás compañeros de clase con dirección al patio del colegio. Allí dejaron sus carteras y mochilas en un gran montón común. Unos se fueron a una pequeña pista de patinaje que habían construido a la sombra de una pared. Otros, entre los que estaba Tinín, habían ido en busca de los últimos residuos de nieve que quedaban en algún resquicio del patio de juegos. Ésta desapareció pronto, por lo que todos decidieron salir fuera a buscar la que todavía se encontraba en un pequeño parque cercano. Volvieron a dejar las carteras con sus libros en un único montón y sin que nadie decidiera cómo, se formaron dos bandos que al instante se enfrascaron en una colosal batalla de bolas de nieve. Locas carreras, persecuciones, algún que otro lloro... El sol que con la timidez propia del invierno radiaba su escasa fuerza, les observaba mientras intentaba alumbrar poco, con muy poquita intensidad para no derretir la nieve que tanto ansiaban los chavales. Pronto, en el grupo de Tinín, surgió un líder que les comenzó a organizar. Objetivo: tomar el campamento enemigo por la retaguardia y atacarles por allí sin que ninguna barrera se lo impidiera. A Tinín le tocó ir por la parte más lejana, rodeando una fuente de tres caños que en invierno permanecía apagada y que estaba en lo alto de una pequeña ladera en mitad de una pradera totalmente blanca. Así que a la orden de su esporádico general, todos partieron en la dirección encomendada. Tinín se aprovisionó de todas las bolas de nieve que pudo sujetar entre su antebrazo izquierdo y su cuerpo, y se encaminó agachado y notando el aliento que respiraba en dirección a la fuente. Su primera escala sería ésta, allí otearía la situación y cuando lo creyese oportuno se lanzaría directo a por el campamento enemigo. ¡La operación se le antojaba perfecta! Cuando llegó detrás de la gran fuente de piedra de tres caños, se encontró con quien en un principio pensó que era uno del bando contrario. Tinín tomó una de las bolas de nieve que sujetaba contra su cuerpo y la tiró contra la persona que allí estaba no dándole por muy poco.

     - ¡Eh!,- protestó quien allí se encontraba sentado con la espalda apoyada sobre la pared de piedra de la fuente. - ¿Qué haces, te has vuelto loco?

         Tinín enseguida se dio cuenta de su error. Por un pelo no había herido a personal civil. Qué gran error para un soldado profesional como él.

     - Perdona, - acertó a balbucear.- Creí que eras uno de los otros, de los...

         En aquel momento Tinín quedó mudo. La niña que allí estaba sentada le miró. Era la mirada más limpia que nunca había visto. Sus ojos muy claros, mechones de pelo rubio le salían por el gorro que cubría su cabeza... su cara era absolutamente angelical.

     - ¿Qué te pasa? ¿Se te ha comido la lengua el gato, o qué?,- continuó la niña.
     - No, no... es que... es que no esperaba encontrar a nadie aquí y me has asustado.
     -    Vaya, pues lo siento,- dijo la niña sonriendo.
     -     ¿Qué haces aquí sentada?
     -     Espero.
     -     ¿Y a qué esperas?,- preguntó Tinín frunciendo el rostro.
     -     A que se nuble y comience el viento.

Tinín miró el despejado cielo y comprobó lo pausado del aire. Después miró a la niña y se despidió de ella mientras se alejaba corriendo colina abajo en dirección al campamento enemigo.

La operación planeada por su ejército había sido un auténtico éxito. En no más de un par de minutos, el rival se había rendido sin condiciones. Era el momento de dirigirse a casa. Sus padres le estarían ya esperando para comer. Además esa tarde iba a colocar el Belén con su padre. Así que cuanto antes llegase antes comenzaría a colocarlo. Mientras se dirigía a por su cartera con los libros, un fuerte viento comenzó a soplar y unas amenazantes nubes taparon súbitamente el sol. Entonces miró hacia la fuente en la que se había encontrado con la niña y vio como ésta salía corriendo ladera abajo, pasaba junto a él, cruzaba una calle y se ofrecía a ayudar a cruzar un paso de cebra a una señora mayor cargada con unas bolsas. En aquel momento, a menos de un metro de donde la niña se encontraba con la anciana, una teja caía sobre la acera partiéndose en mil pedazos. Tinín había observado toda la escena y se fue para casa pensando en la suerte que había tenido su nueva conocida.

Aquella tarde, después de comer, empezó a poner el Belén. Nochebuena estaba al llegar y toda la casa debía estar convenientemente adornada para entonces. Se dirigió al trastero donde año tras año se almacenaban las figuras del Belén sobrevivientes a la Navidad anterior y las bolas con las que adornaban el árbol. Rebuscó un poco entre grandes cajas en las que se podría encontrar absolutamente de casi todo y, detrás de un viejo abrigo de su madre que “tiraría pero es que está nuevo”, encontró su objetivo: una caja rotulada con un rotulador rosa que apenas marcó en su momento y en la que se leía “figuritas” y otra en la que se leía “árbol”. Las tomó con suma delicadeza entre sus manos de niño y las llevó hasta la entrada, donde su padre ya había transformado con un tablero y unas patas, lo que normalmente era una mesita donde poner unas fotos, en lo que sería la base para su escenificación del nacimiento del Niño Dios. Tinín abrió la caja de las figuritas con la misma cara de emoción de quien no sabe qué va a encontrar dentro. Allí estaban todas, aguardándole un año más. La mula y el buey, San José, la Virgen y el Niño, pastores, un ángel, pueblerinos, los Reyes, el castillo de Herodes... Las repasó mentalmente, realizando un concienzudo examen visual de las mismas.

- Están todas, - concluyó a su padre que aparecía con una bolsa con musgo natural.
- Muy bien, - asintió su padre con una gran sonrisa mientras se sentaba en el suelo junto a él. De ahí en adelante el papel de su padre sería ese, estar sentado mientras su hijo le pedía una figura tras otra. Pero a Tinín le gustaba que su padre le ayudase, o lo que fuera que hacía allí observándole.

     En tres horas el Nacimiento estaba preparado. La sonrisa de Tinín era inmensa. Mañana irían con el coche de su padre a por el árbol que un amigo de la familia, “tío Cani”, les regalaba todas las Navidades y que conseguía de una parcela que tenía en un pueblecito cercano. La madre de Tinín había preparado algo de merendar y, mientras tanto padre como hijo se reponían del esfuerzo de construir todo un pueblo aunque fuera en miniatura, sonó el teléfono. Era Pablo, el mejor amigo de Tinín, que vivía muy cerca de él y que le explicaba que había quedado con otros amigos abajo, cerca, donde habían jugado aquella mañana a la salida de clase para otra batalla de bolas de nieve. A la madre de Tinín no le gustaba que saliera de noche, pero ya que era con amigos y estaría localizado en el cercano parque le dejó ir. “Eso sí, a las nueve en casa.”

     Cuando bajó, Pablo ya le estaba esperando en el portal.

- Tío, mañana tienes que subir a ver el Belén. Se ha quedado chuli, chuli. Además mi padre ha comprado un par de figuritas para reponer unas que se habían roto el año pasado y son chulísimas. Mañana iremos a por el árbol al pueblo, como siempre. ¿Por qué no vienes? Así podrías conocer al tío Cani, que nos da turrón y mi padre me deja probar el champán que saca porque dice que el champán de tío Cani es sin alcohol, y luego jugaremos un rato con Fita, la perra de tío Cani y podremos hacer una guerra de nieve y tirarle bolas a la perra... ¡tío, qué se las come! Ya verás, es una pasada...

     La alegría hacía hablar a Tinín más deprisa de lo que su lengua podía articularse, mientras su amigo Pablo conseguía intercalar algún monosílabo entre el atorado monólogo que su amigo le contaba dirigiéndose a paso apresurado al parquecito. Cuando llegaron ya estaba casi todo el resto de la pandilla y los equipos hechos, así que a Pablo le tocó en un bando y a Tinín en otro. La bajada de la temperatura con la caída de la noche había conseguido que hubiera todavía grandes cantidades de nieve impoluta y muy limpia. Los dos grupos enseguida construyeron sus cuarteles generales detrás de unos bancos. Los del equipo de Pablo cogieron unos cartones con los que se atrincheraron mucho más. Ante lo visto, el mismo improvisado general de la mañana que estaba en el bando de Tinín, planeó un nuevo modelo envolvente de ataque que presto enseño a sus soldados. A Tinín al igual que aquella mañana, le tocaría dar el rodeo más largo, de modo que cuando el grueso de las tropas atacase frontalmente, él lo haría totalmente por la retaguardia, encontrando totalmente desprevenido al enemigo. A la voz del general, cada uno se fue en la dirección asignada. Tinín se fue en dirección a una zona de árboles por la que podría pasar oculto hacía el campamento enemigo. Cuando se dirigía hacia ellos, le llamó la atención un gran muñeco de nieve que había muy cerca de una farola. Junto a él pudo ver la silueta de un niño. Se acercó hacia él.

- Hola Tinín,- dijo el niño mientras se volvía.

     El niño resultó ser la niña con que Tinín se había encontrado aquella mañana en la fuente que había un poco más arriba.

-          ¿Cómo sabes mi nombre?,- preguntó con cara de perplejidad.
-          Me lo dijiste esta mañana, no lo recuerdas.
-          No,- contestó Tinín haciendo memoria.- Además... no te lo dije.
-          ¿Qué haces por aquí?
-          Estoy jugando con mis amigos, ¿y tú?

-          Estaba haciendo este muñeco de nieve.
-          Eso es imposible,- replicó Tinín con aire socarrón.- Es mucho más grande que tú. A ver, ¿cómo has podido poner la cabeza encima del cuerpo, eh?
-          Pues lo he hecho yo – continuó la niña mientras se giraba hacia el muñeco y le ponía un poco de nieve en la barriga.
-          ¿Dónde vives? No te había visto antes por el barrio.
-          Estoy de paso, sólo he venido por unos días.
-          ¿Y tu padre en qué trabaja? El mío está en una oficina y mañana vamos a ir a por el árbol de Navidad para ponerlo.
-          ¡Y a mí qué!, - contestó la niña con cara de indiferencia volviéndose hacia Tinín.
-          Bueno, era por si..., por si querías venir con nosotros,- balbuceó Tinín mirando al suelo sin atreverse a aguantar la bonita mirada de los ojos claros de la pequeña.

Cuando Tinín levantó la mirada, la niña había desaparecido.

     - Mujeres,- masculló entre dientes mientras se dirigía corriendo hacia donde sus amigos se encontraban totalmente enfrascados en una monumental batalla campal de bolas de nieve.




         A la mañana siguiente, sábado, Tinín se levantó a las ocho de la mañana y se encargó de que toda la familia también lo hiciera. Había que ir al pueblo, a casa de tío Cani, el buen amigo de la familia. El día había amanecido radiante y en los tejados aún podía contemplarse la nieve caída. Pablo le dijo que al final no podría ir, así que a las nueve de la mañana, Tinín y sus padres salían por la puerta del portal en dirección del todoterreno de la familia en el que irían al encuentro del árbol de Navidad. Cuando llegaron al coche y a punto de montarse, una voz que le sonó conocida que le llamaba le hizo girarse.

-          ¡Tinín, eh, Tinín!

Al volverse, Tinín pudo comprobar que quien le llamaba era la nueva amiga del día anterior que se acercaba a ellos entre saltitos.

-          ¿Puedo ir con vosotros?,- continuó mientras les regalaba la mejor de sus sonrisas.
-          Claro, claro,- acertó a decir trabadamente Tinín mientras miraba a su padre.
-          ¿Quién es tu amiga, Tinín? No la conocíamos, ¿verdad?
-          Me llamo Amor. He venido hace poco a la ciudad,- intervino la niña de ojos claros y pelo rubio.- Mi padre ha venido a trabajar aquí... pero estaremos poco.
-          Pues todos al coche,- continuó el padre de Tinín dando por hecho que era una amiga del colegio de su hijo.- Bueno, si lo sabe tu padre.
-          Sí, sí que lo sabe. Tinín me invitó ayer a venir y ya se lo he dicho.
-          Que callado te lo tenías,- dijo el padre mientras miraba por el espejo retrovisor a los dos chavales y comprobaba como su hijo se ponía rojo por momentos.
-          ¡Papá...!,- contestó Tinín mientras miraba como se sonreía Amor.

En menos de una hora de camino llegaron a casa de tío Cani. Vivía en un pequeño pueblo de unos doscientos habitantes en mitad del monte. El paisaje era precioso. Estaba todo nevado, con unas gigantescas montañas como fondo grandioso e inmóvil, también cubiertas por el manto blanco que les rodeaba. Fita, la perra, les estaba esperando ladrando y agitando incasable su rabo a uno y otro lado. Tío Cani salió al oír ladrar a su perra.

-          Tan puntuales como todos los años, - dijo riendo mientras se acercaba al coche aparcado en la puerta de su casa.- ¿Dónde está mi pequeñajo?,- continuó mientras buscaba con la mirada a Tinín.
-          ¡Tío Cani...!,- gritó el pequeño de la familia mientras salía del coche y se disponía a abrazarle.
-          Estás hecho todo un hombretón..., ¿y quién es tu amiguita?,- continuó mientras reparaba en Amor.
-          Es una nueva amiga, ¿verdad?,- intervino la madre.- ¿Por qué no vais a jugar un rato por ahí con la nieve y la perra mientras charlamos un rato con el tío Cani.
-          Eso, y así hacéis hambre para la comida que os he preparado... y para tomar después un sorbito de mi champán sin alcohol,- dijo el tío Cani mientras le hacía un guiño cómplice a Tinín y su nueva amiga.
-          Vale,- contestó el chaval mientras miraba a la niña.- Vamos. Aquí detrás podremos hacer un muñeco de nieve. Luego vendrás tú, ¿verdad papá?

Los dos chiquillos se fueron con la perra bajo la atenta mirada de varios vecinos que se habían asomado a la calle del pequeño pueblo ante el inusual griterío que escuchaban. Pronto llegaron a las afueras del pueblo donde Tinín tenía pensado hacer un gran muñeco. Era una pradera de nieve virgen que les llegaba hasta encima de la rodilla. La perra corría en torno a ellos con gran dificultad debido a la gran cantidad de nieve. Tinín se acercó a un solitario roble totalmente desnudo de hojas y cortó una rama. Después se acercó a Amor y se la dio.

     - Ya verás, tírasela lejos a la perra y verás cómo te la trae.

         Ésta obedeció y la tiró con todas sus fuerzas. La perra que estaba junto a ella, salió corriendo a toda velocidad en busca de la rama bajo la atenta mirada de la niña que sonreía viendo los denodados esfuerzos del animal por desplazarse a través de la nieve. Cuando se hizo con ella, volvió con la rama entre los dientes donde estaban los chicos. Esta vez fue Tinín quien la lanzó y sin dar tiempo a que la perra saliera corriendo salió tras la rama animando a su amiga a que hiciera lo mismo. Lógicamente fue la perra la que llegó antes y la que volvió hacia los chavales que corrían en dirección hacia ella. Tinín volvió a cogerle la rama y la lanzó con todas sus fuerzas. La perra salió con la lengua fuera a toda velocidad en busca del juguete. Cuando estaba a un par de metros de ella, dio media vuelta y se volvió sin ella. Tinín, que había salido corriendo a la vez que el animal, le increpó por no recogerla.

-          Fita, ¿ya te has cansado? Mírame a mí,- continuó mientras seguía corriendo en dirección a la rama.
-          ¡Quieto!

La voz fuerte y clara de Amor que Tinín escuchó como si estuviera junto a ella, le hizo detenerse al momento. Se giró y comprobó que la niña estaba a más de treinta metros de él y le hacía un pausado gesto para que volviera hacia donde ella estaba. Una vez allí, dando un rodeo, se situaron encima de una gran piedra desde la que podía divisarse toda la gran pradera cubierta de nieve, el roble y la rama medio escondida en la nieve. Al momento la zona donde estaba la rama se hundió ante la asombrada mirada de Tinín. Era una zona en obras que la gran nevada había cubierto por completo. La rama había caído encima de unos tablones que servían de paso por encima de una zanja de unos cinco metros de profundidad. El chaval miró fijamente los enigmáticos ojos de Amor sin salir de su asombro, asombro que a la vez era miedo, era alegría... era una mezcla de sentimientos que su joven cuerpo no había sentido nunca.


Hoy, treinta años después, cada vez que llega la Navidad y Tinín ayuda a colocar el mismo Belén de su infancia a sus dos hijos, recuerda muy especialmente aquella mañana y a la amiguita que no volvió a ver nunca más después de aquel día. Y cómo no. Recuerda su llegada a casa aquella tarde después de pasar la jornada en el pueblo del tío Cani. Y recuerda cómo el ángel que estaba colocado junto al portal de Belén estaba caído. Y recuerda cómo al recogerlo para ponerlo en su posición, reparó en su cara. Y recuerda cómo aquel ángel que ahora estaba en manos de uno de sus hijos, tenía la misma mirada de ojos claros, el mismo pelo rubio y la misma cara que Amor. Y recuerda, siempre con un escalofrío, como aquel ángel caído que tenía entre sus dedos le miró a los ojos, le sonrió y le hizo un guiño cómplice.